Leyenda de la Laguna Brava


A través de los quebrados senderos de las sierras, Ruyen-we, la joven india, caminaba ágil y ligera; llevaba encendida la mirada y le cantaba el corazón dentro del pecho.


¡Curimangüe la esperaba!... hacia tiempo que debía estar aguardándola, pues ya el sol volcaba su última e intensa claridad sobre el valle descendiendo rápidamente en su marcha; y era aquella la hora en que Curimangüe se llegaba al toldo del anciano Cuchicalqüen y allí encontraba, esperándolo sonriente, a Rüyen-We, su pequeña prometida.


La joven india se había demorado en el toldo de una pobre mujer que hacía algún tiempo se hallaba presa de la fiebre mala; ya desde varios días atrás le dedicaba algunas horas, tratando de servirla y acompañarla en su soledad; pues como la tribu temiera el contagio, por orden del Gran Jefe el toldo de la india enferma había sido separado de los demás y puesto en un sitio apartado.


Aquella tarde, Rüyen-We dejó correr el tiempo pensando que Curimangüe no podía dejar de comprender, disculpar aquel retardo. ¿Acaso no fue al amarlo que aprendió ella la gran bondad?...
-¡Curimangüe, Curimangüe!... murmuraba la india en voz baja; y su marcha se volvía tan rápida, que tenía deslizamiento de ave y su rostro se iluminaba con sonrisa de ensueño.


De pronto Rüyen-We se detuvo, su rostro se contrajo y la sonrisa feliz huyó de sus labios. Distraídamente había levantado la mirada y a un centenar de pies sobre ella, vio apoyado al borde de la sierra, a Puellucatel el Gran Jefe.


Rüyen-We, graciosamente, hizo el saludo de acatamiento y apresurada continúo su marcha; pero su andar se había vuelto inseguro, vacilante, había perdido la fluidez del paso, la gracia tranquila, la actitud abandonada...
¿Por qué se sentía presa del temor la joven india como si se hallara cerca del peligro?
¿Tenía miedo Rüyen-We la mujer más valiente de la tribu?


Una aprensión vaga, una defensa intuitiva de un mal desconocido la obligaba a huir de Puellucatel el cacique; Rüyen-We, sin detenerse a razonar creía, tenía fe en su instinto de mujer, y huía. Huía del Gran Jefe, se alejaba rápidamente pero, la figura gigantesca del cacique tal cual la acababa de ver parecía flotar delante de ella, presidir su marcha. Lo veía de nuevo erguirse inmóvil, enérgicamente apoyado sobre su lanza; cual si formara parte de la sierra, cual si estuviera esculpido en piedra; su cuerpo de coloso alzándose temible, arrogante perfilaba se nítidamente sobre el fondo oscuro del ambiente. Los oblicuos rayos de un sol ya oculto a las miradas caían sobre él, rojizos, centelleantes, y hacían chispear las baratijas que llevaba pendientes sobre el ancho pecho, y enroscadas en torno de los nervudos brazos; coloreaba las plumas de avestruz, que ceñían su cabeza y volvían de fuego la lanza en que se apoyaba.

Y en tanto que la india se alejaba llevando en las pupilas, como visión maléfica, del Gran Jefe, este seguía a Rüyen-We con la mirada; la veía deslizarse a través de los peñascos; seguía, su andar leve y ligero, que tenía algo de concentrado y cauteloso, la línea armoniosa de su figura, que sugería fragilidad y energía, que parecía desfallecer y era desafiante.


Tenían razón de ser, los temores de Rüyen-We. Su instinto de mujer no la engañaba. Pues Puellucatel el cacique, el temible guerrero, señalado por el Gran Espíritu; el Jefe de los Aucas, amaba a la pequeña Rüyen-We, desde hacía largo tiempo. La amaba en silencio y a solas saboreaba la dulzura de su secreto.
¡Y era porque la amaba!... que descuidaba de sus deberes y pasaba horas largas con la mirada perdida en un sueño lejano. Y era porque la amaba que no se decidía a alejarse de la tribu y salir a campaña a pesar del decir de los viejos guerreros que la tribu vecina se preparaba a la lucha y de un momento a otro caería sobre los Aucas, desprevenido. Y era porque la amaba que su pecho no se encendía de entusiasmos y ardores de combate, cuando profetizaban triunfos próximos los sacerdotes al consultar el corazón aún palpitante de las víctimas. Y aquella tarde abandonó las tolderías y anduvo errante sobre las sierras solitarias... y era porque la amaba.


Rüyen-We gustaba a Puellucatel el Jefe porque ella era distinta de las demás indias: aquellas eran grandes, robustas, musculosas; Rüyen-We era pequeña, fina, delicada; “Flor del aire” la llamaban en las tolderías y era esta en verdad la expresión que al verla producía. Tanta era su inconsistencia que diríase que el viento al pasar iba a quebrarla.


¡Flor del aire! ¡Junco de los bañados!... como ellos tenía la gracia delicada, la línea armoniosa, la fragilidad que encanta...


Rüyen-We desde su infancia se había avergonzado de aquella su aparente debilidad física y trataba de hacerla olvidar igualándose a las indias más robustas en los ejercicios más violentos y en las tareas más rudas; y tal fue su empeño y su arrojo, que a todas aventajaba en los quehaceres domésticos y en los juegos de la tribu. Mejor que nadie sabía ella, moler el duro grano y fermentar las bebidas aromáticas, hechas con el zumo exprimido de hierbas raras; y en los días de festejos y juegos en la tribu, era ella la que siempre se llevaba la victoria, la que coronaba el Consejo de Ancianos; pues ninguna otra india sabía como Rüyen-We con mano certera arrojar la doble boleadora, o rasgar el aire con flecha silbante.


Puellucatel el Cacique desde hacía largo tiempo en secreto venía observándola y gozaba con sus éxitos y sonreía a sus audacias. Puellucatel sentía que había en toda ella como la vibración de una música extraña; sabía, que tenía espíritu apasionado y valiente de un guerrero y el alma toda llena de ese dulce misticismo, de esa frescura candorosa, que sólo se encuentra en las pupilas de los niños; lo sabía, porque gustaba de observar aquel rostro de expresiones cambiantes, que tanto era abierto, inteligente, tendido hacia el misterio de lo ignorado, que quería penetrar, o parecía, velarse de brumas pesadas cuando ella se abandonaba a tornar la realidad ensueño... El Gran Jefe amaba todo en ella ¡amaba aquel rostro bronceado de fino perfil; la oscura cabeza de larga y abundante cabellera; los ojos de intensa mirada; sus labios aquellos que hasta en sus silencios expresaban tanto; labios que hacían pensar en la primera flor que se abriría en el viejo ceibo cuando llegara la época de todas las florecencias!...


¡Oh si, el Gran Jefe amaba a la joven india!, la amaba con la pasión ruda y salvaje de un hijo del desierto; la amaba con la pasión misteriosa y soñadora del hijo de la naturaleza...


Rüyen-We había llegado a las tolderías; Curimangüe la esperaba; juntos se alejaron buscando silencio y soledad. En un brusco recodo, formado por la sierra, se detuvieron.


Debajo de ellos, el valle inmenso se cuajaba de sombras; y sobre sus cabezas las cimas de las sierras se encendían en luz... Rüyen-We y Curimangüe hablaban; y en la quietud de la tarde se volvían mágicas sus palabras; tenían la intensidad de toda una vida, el misticismo de una plegaria, la felicidad de los sueños; el valor de la inconsciencia, el encandilamiento de la locura, la concentración en su amor, la negación de todo lo que no fuera él; y uniendo sus dos almas en el fluido de luz de sus pupilas, fundían en su amor, todo lo humano, todo lo divino, todo lo que es espacio, tiempo, e infinito... En la oscura lejanía, la luna fue abriéndose como una inmensa flor, transparente en su locura luminosa... Rüyen-We y Curimangüe arrodillados, inclinadas sus frentes hasta tocar la tierra, adoraron a la Clara Divinidad de las Sombras.


-Oye, Rüyen-We – dijo Curimangüe, y su voz era apasionada y misteriosa – quiero que sellemos un pacto de fidelidad, simbolizando nuestro amor, en el astro de las noches hermosas.


De pronto una sombra surgió delante de ellos y oyóse decir a una voz de rudo acento:
-Así deja correr el tiempo profiriendo vanas palabras Curimangüe el hijo de Aucapichui, que se dice guerrero de la tribu, en tanto que detrás de las sierras nos acecha el enemigo.


Era el Gran Jefe el que había hablado, y delante de ellos estaba de pie contemplándolos con sonrisa de expresión indefinida.


Curimangüe herido en su dignidad de guerrero y de hombre, contestó con la voz ronca de ira contenida.
-Gran Jefe, Curimangüe, el hijo de Aucapichui, aun no ha visto brillar en lo alto de las sierras los fuegos de guerra si encendidos los hubiera divisado en vez de gozar en dulzuras su tiempo, lejos se hallaría de las tolderías de sus padres, combatiendo al enemigo cuerpo a cuerpo, hasta dejarlo rendido en la llanura y la ensagrentada cabellera entre sus manos... El cacique lo interrumpió colérico, le era imposible soportar la admiración estática con que Rüyen-We lo escuchaba.


-Curimangüe, el hijo de Aucapichui, aléjate de estos parajes y sigue al Gran Jefe, que en su tienda necesita hablarte.
Ni Curimangüe ni Rüyen-We se atrevieron a pronunciar en presencia del cacique una sola palabra de despedida; pero, los ojos en los ojos, en una larga mirada, expresaron todo un poema...
-¡No oyes que te han ordenado la marcha! – exclamó el cacique fuera de sí.
Una oleada de sangre quemó las mejillas de Rüyen-We. Aquel reproche dirigido a su prometido la había herido intensamente. La joven india, levantando con altivez la cabeza, miró al cacique cara a cara y con dignidad de soberana dijo:
-¡Gran Jefe, olvidas que hasta los siervos de los aucas les es permitido el despedirse!
-Calla niña - replicó el cacique - y asombróse de la osadía de aquella mujer. Y seguido de Curimangüe se perdió en las sombras de la noche que caía pesada.

Mala fue aquella noche para la joven india.


Los grandes temores habían hecho de ella su presa y se gozaban en atormentarla.
Extraños temores que le sugerían ideas angustiosas, visiones maléficas.


Era en vano que Rüyen- We tratara de conciliar el sueño pues de sus párpados había huido esa dulce pesadez de cansancio y somnolencia; y sus pupilas febriles en extremo dilatadas, brillaban en las sombras fijas en el vacío.


Creía ver ante ella como en un sueño malo, obsesionante, la figura gigantesca de Puellucatel, el Jefe. Pensaba en el cacique y temía. Temía por Curimangüe y por ella; sí, por ella... porque ella era de Curimangüe...
Recordaba la escena de aquella tarde: la ira mal reprimida del Gran Jefe al verlos juntos; la voz dura al hablarles... ¡Oh, cuánto recordaba!... Y en el interior de sí misma iban precisándose, tomando formas de realidad y de innegable certidumbre lo que antes sólo fueran vaguedades, sensaciones, inquietudes; todo un mariposear de presentimientos que no llegaban a concretarse.


En cambio ahora sabía que su instinto de mujer no la engañaba, que tenía por qué temer.


¡Cuánto de reprochaba Rüyen-We aquella concentración pudorosa tan innata a la mujer, que había sido la causa de que no le confiara a Curimangüe sus dudas, sus intuiciones; ¿por qué no le habló del Gran Jefe, de lo que de él sabía o creía saber?


La joven india ardía en deseos de hablar con Curimangüe, de exponer a su juicio, a su criterio, sus largas cavilaciones; de entregarle aquella madeja de pensamientos angustiosos que le era pesada de devanar; pues sabía Rüyen-We que cuando él recibiera sus inquietudes, sus temores, iban ellos a desvanecerse, como se desvanecen las brumas de las pálidas alboradas, cuando los rayos del sol se gozan en rizarlas.
Mañana -se dijo Rüyen-We, sabrá Curimangüe que Puellucatel, el Jefe, me ama.


-Le diré que lo he leído en su ardiente mirada que está siempre fija en mí y me persigue por todas partes como los malos fuegos que en las noches negras siguen a los caminantes.


El día de festejos o juegos en la tribu, cuando el Gran Espíritu tome en los aires la flecha que la cuerda tendida de mi arco acababa de lanzar y la llevé ligera a través de los espacios hasta dejarla clavarse temblando en la sierra lejana; cuando el pueblo después de aclamarme vencedora y coronarme con plumas y adornarme con cintas, me llevó delirante a la presencia de Puellucatel el Jefe, para que ante él me inclinara, vi que el cacique tenía en sus labios una sonrisa extraña, y fue tan penetrante su mirada, que sentí gran turbación. Luego, la volví a encontrar la noche que se celebraban sacrificios a la Clara Divinidad de las Sombras, en tanto que el sacerdote levantaba el corazón aún palpitante de la víctima, vi, al resplandor de las hogueras, sobre la muchedumbre arrodillada, alzarse el rostro ansioso del Gran Jefe que clavaba en mí, ésa, su mirada persistente y extraña. Y desde entonces me ha perseguido aquella, su pupila que me hiela en las venas la sangre, me ha perseguido en todos los caminos, en todos los lugares y en todos los momentos; desde los que vuelan en luz, hasta los que se arrastran en sombras. Sí, en las sombras el cacique pasa junto a mí, junto a mí. En las sombras su mirada siento.


Esta conversación imaginaria con su prometido, le devolvió un tanto la calma.
Rüyen-We consiguió dormirse, pero su sueño fue agitado, inquieto...


De tiempo en tiempo despertaba sobresaltada, se incorporaba nerviosa y miraba en torno suyo; creía oír ruidos extraños y ver moverse formas blancas; una vez oyó que la llamaban por su nombre; luego sintió como si alguien golpeara el suelo junto a la tienda, y hasta le pareció que la estera que cubría la entrada del toldo se levantaba y creyó ver una mano que la empujaba suavemente... Se oyó el ladrido de un perro de la vecindad y todo volvió a quedar en un gran silencio...


Rüyen-We se decía que había estado viendo visiones, que el Mal Espíritu había hecho presa de ella; y hundiendo sus dedos en sus oídos y ocultando el rostro en su espesa cabellera trató de pensar en imágenes felices, en ella y Curimangüe cruzando juntos, días maravillosos de sol...


La excitación, la tensión nerviosa en que estaba cedió al fin y cayó en un sueño hondo y pesado.

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La serenidad luminosa del día siguiente calmó los temores que en la noche habían agitado a Rüyen-We.
Esperando que llegara la hora de comunicarse con Curimangüe, molía grano delante de la tienda de su padre.
Pitra – Walue, el indio joven en quien Curimangüe tenía la confianza del amigo y el cariño del hermano, se acercó al toldo del anciano Cuchicalquen y al ver a Rüyen-We fue junto a ella y en voz baja le habló estas palabras:


-Rüyen-We, hija de Cuchicalquen. Curimangüe al nacer el día ha salido a la llanura, con orden del Gran Jefe de enterarse de las intenciones de la tribu vecina, toda la noche trató de comunicarse contigo; pero como no lo consiguiera, me rogó que te transmitiera éste, su mensaje, y al mismo tiempo me dio para ti esta flor del aire, cortada cuando la primera claridad de la aurora coloreaba las sierras y ella estaba toda húmeda del frescor de la alborada.


Así habló Pitra-Walue el joven indio en quien Curimangüe tenía la confianza del amigo y el cariño del hermano.
Rüyen-We sentía una angustia inmensa y un gran cansancio; estaba como sumergida en una vaguedad dolorosa en que nada se precisaba; había perdido la conciencia clara de lo que sucedía en torno de ella. Como en un sonambulismo extraño, sentía a indias, ocupadas en los quehaceres domésticos, ir y venir a su alrededor; y como de lejos le llegaban y la envolvían en zumbadora danza burlesca, las conversaciones, los gritos de los animales y los diversos sonidos, que ascendían de las tolderías Aucas...


Hacía rato que Rüyen-We permanecía inmóvil, tal cual la dejara Pitra-Walue al marcharse: la cabeza inclinada sobre el pecho, la actitud desfallecida, los brazos caídos a lo largo del cuerpo. Junto a ella, sobre el grano mitad molido, descansaba el pesado mazo de piedra, un negro tordo se había detenido al borde del mortero, y moviendo la fina cabeza picoteaba el sustancioso grano que nadie defendía.


-Rüyen-We, ¿qué haces?, ven que necesito hablarte, dijo el anciano Cuchicalquen acercándose a Rüyen-We y tomándola de la mano la llevó a su tienda, dejó caer la estera y una vez solos en ella abrazándola tiernamente emocionado, le dijo:


-Hija mía, tengo que comunicarte una gran nueva que me llena el corazón de contento. Es tan grande hija querida, es tan venturoso lo que tengo que decirte, que tiemblan mis labios y me siento dominado por una sensación nueva y extraña. Oye, que ya es tiempo que tú también des “gracias” a los Dioses y conmigo te regocijes...


-Fui llamado al Consejo de Ancianos, que puesto de pie y en nombre del Gran Espíritu dijeron: que el descendiente del fuerte Nahuel, Puellucatel el bravo cacique, representante de la noble y larga dinastía de los Aucas, Jefe de la tribu en los días de paz y en los días de guerra, comunicaba a Cuchicalquen, el anciano guerrero, que elegía por esposa a su noble hija Rüyen-We o Flor del Aire, como la llama el pueblo.


Rüyen-We que dócilmente se había dejado conducir a la tienda, y había estado hasta entonces como absorta en un sueño lejano, tuvo como un brusco despertar:


-¡Padre - gritó - estoy prometida a Curimangüe! ¡Es con él con quien quiero casarme!...
¡Es con él con quien quiero casarme!...


El anciano Cuchicalquen tuvo un estremecimiento de horror. Miró con ansiedad temerosa en torno suyo y sus miradas angustiadas se detuvieron un momento en la estera caída que guardaba la entrada, en tanto que su rostro palidecía bajo las pinturas.


Cuchicalquen se acercó a Rüyen-We y aproximando sus labios a su oído con voz silbante y contenida dijo: -¡Hija imprudente! ¡No sabes acaso que si alguien ha oído tus palabras, las has de pagar con tu vida!...Y después, retratada la extrañeza en el semblante hasta rayar en el más grande estupor agregó:
-Ignoras Rüyen-We, que cuando el Jefe “habla” ni los sacerdotes ni el gran Consejo de Ancianos, ni los guerreros más temibles se atreven ni a insinuar lo contrario.


Rüyen-We lo sabía; pero, a pesar de todo, no se arrepentía de sus palabras.


-Estoy orgulloso de ti, hija querida – exclamó Cuchicalquen – y en tu imprudencia te he admirado una vez más pues veo que haces honor a tu linaje y eres digna de tus ascendientes que supieron ser siempre fieles al cumplimiento de la palabra dada; pero olvidas Rüyen-We que una fidelidad que va en contra de los designios del Gran Espíritu, ya no es virtud sino falta.


La india iba a responder, que no era sólo fidelidad, sino ¡que le amaba!...pero guardó silencio; su padre no iba a comprenderla; y más, ¿acaso el Puellucatel el Jefe no había hablado?...


-Es que no sabes Rüyen-We, prosiguió el anciano que todas las madres desde que sus hijas son pequeñas van a ofrecer sacrificios al Gran Espíritu, pidiendo sea su hija la destinada a ser la esposa del jefe de la tribu. Y eres tú Rüyen-We; ¡eres tú la elegida!. ¡Tú la que serás consultada por el Consejo de Ancianos! Cuando el Gran Jefe se halle en la llanura batiendo al enemigo será tu mano, Rüyen-We, la que ceñirá con la corona del vencedor la frente de los triunfadores en los juegos de las fiestas del sol. Tendrás tú por siervas a todas las mujeres de la tribu; ellas divertirán tus ocios y realizarán para ti los duros quehaceres domésticos; tejerán esteras de frescos helechos para que sobre ellos se apoyen tus delicados pies; bordarán tu túnica con la matizada pluma del ave y ensartarán los sonantes collares que han de rodear tu garganta, tus tobillos y tus muñecas; y será también para ti, Rüyen-We, será para cubrir de pieles tu tienda que el joven cazador va a perseguir al gato montés y buscará al zorro en su cueva...


-¡Oh hija mía, doy gracias al Gran Espíritu que llena de goce mi ancianidad, premiado tan generosamente mis largas jornadas, mis innumerables heridas! ¡Estaba orgulloso de ti, y cuánto más lo estaré ahora, que serás la compañera del primer hombre de la tribu! ¡Que has de ser madre de grandes varones y me darás unas noble y larga descendencia de guerreros y de Jefes!
-¡Oh mi “Flor del Aire”, como te llama nuestro pueblo, aun me falta decirte que el cacique ha dado orden de que comiencen ya los preparativos de las fiestas; pues mañana al ponerse el sol se realizarán los reales desposorios. ¡Oyes Rüyen-We! ¡Después que el sol se haya ocultado dos veces tras de las sierras serás la esposa de Puellucatel el Gran Jefe!.


Y después de abrazarla tiernamente, emocionado, salió de la tienda.


Rüyen-We, que hasta entonces había aparentado una calma serena, apenas quedó sola, se abandonó a su dolor y dejándose caer en tierra ocultó el rostro entre sus manos, y amargo fue su llanto. ¡Curimangüe! Oh ¡Por qué me has abandonado!... gemía en voz muy baja, la pobre niña.


¡Curimangüe! Llamaba Rüyen-We; y había en su llamado todas las fuerzas de su cuerpo, toda la pasión de su espíritu. ¡Y tanta era la intensidad de aquel llamado desgarrante, tan imperiosa la necesidad de verlo, que se diría que el indio hubiera acudido de la entraña misma de la tierra!.


¡Pobre la joven india sola en el dolor, sola en la lucha; vibrando toda de amor, de protesta, de angustia!...
¡Oh, por qué querían quitarle a su Curimangüe para darle poderío, honores! Si ella ¡sólo quería su amor! Su amor, que daba sentido a su vida, su amor que daba grandeza a su espíritu. No deseaba autoridad, no deseaba siervos, sólo quería ¡a Curimangüe! Si ella, por él, amaba las rudas faenas, todas las fatigas; quería limpiar sus armas, tejer telas con fibras de corteza, moler el duro grano y exprimir el jugo de las raíces, que han de fermentar las dulces bebidas; no deseaba nada; no le importaba ser la más humilde, la más miserable de la tribu; pero sí, quería ser la esposa del indio bueno y noble, valiente y sensible... Quería que la amparara, que la protegiera su toldo; quería vivir en aquella, su pobre tienda, lejos de las tolderías, en la pobre tienda que no despreciaban las delicadas flores del aire, ni los húmedos helechos que crecían muy cerca al pie de la sierra; ni asustaba a los rosados flamencos, que vagaban pensativos, ni a las blancas cigüeñas que se cernían sobre ella en largas bandadas serenas...


Por Curimangüe y a través de él, ella todo lo amaba; tanto las húmedas alboradas, las tardes de luz, la brisa de las horas oscuras que viene pesada de perfumes, como las siestas ardorosas, las mañanas de grises neblinas y los días de vientos ásperos y recios que llevan el frío hasta la médula misma de los huesos... Rüyen-We quería su amor; quería vivir en su amor; su amor en su hogar. En su hogar que tendría la amplitud y la belleza de la naturaleza toda, pues donde ellos fueren irían con ellos. Pues su hogar estaría en ellos, y con ellos iría siempre cuando juntos anduviesen errantes a través de las sierras solitarias...


Fuera comenzó a oírse andar de gentes; rumor de conversaciones, poco a poco el bullicio fue en aumento y convirtióse en una gran algarabía.


Rüyen-We sospechó que la noticia de los esponsales del Gran Jefe se había divulgado por la tribu; el pueblo regocijado no tardaría en comenzar los preparativos de las fiestas.


Rüyen-We se puso de pie, había concebido una gran idea! Lo que los sacerdotes ni los guerreros más temibles, ni el Consejo de Ancianos, se atrevería a hablar, lo hablaría ella. Rüyen-We lo hablaría. Pensaba la joven ir a buscar al cacique a su toldo y cuando estuviera en su presencia decirle que no le amaba, y por lo tanto, que era indigno que la tomara como esposa; ¡quizá El Gran Jefe tuviera compasión de ella...! ¿Y si no fuera así?... de todos modos Rüyen-We hablaría. Estaba decidida a defender, a sostener su amor en contra de todos y a pesar de todo; a defenderlo con toda su pasión, con todo su dolor, con todas sus energías; a defenderlo tenazmente, fieramente; como defiende el nido atacado el águila embravecida de las sierras.
Rüyen-We enjugó su rostro húmedo en lágrimas y arregló su cabellera en desorden. Ya era tiempo. La estera que cerraba la entrada se levantó. Las esposas de los guerreros, de todas las dignidades de la tribu, venían a saludar a la prometida del Gran Jefe.


Rüyen-We dominando su impaciencia, pues aquellas visitas destruían sus planes, las recibió afable y serena.

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Las indias no abandonaron a la hija de Cuchicalquen el anciano guerrero, hasta que el sol próximo a hundirse detrás de las sierras, enviaba cual flecha sus luces, que caían sobre la dura piedra arrancando chispeantes fosforescencias.


Al fin Rüyen-We quedó sola.


-“Sin duda alguna el Gran Jefe ya había haberse retirado a su tienda”. La joven se dijo que iría a buscarlo allí, y, temerosa de que llegase su padre, sin más titubeos salió de su toldo y alejóse apresuradamente.
Momento después se hallaba junto a la tienda de Puellucatel, el cacique.
Rüyen-We se dirigió a un indio que estaba de espaldas y con voz agitada dijo:
-¿Queréis anunciar al Gran Jefe la visita de una mujer?.
El siervo volviendo apenas el rostro y sin mirada replicó:
-El Gran Jefe ya está descansando en su tienda, no puede recibíros.
Rüyen-We inclinando la cabeza sobre el pecho dijo con voz apagada:
-No importa, trasmítele mis palabras, le interesa al Jefe lo que tengo que decirle.
Y como el indio no se moviera, inclinando aún más el rostro sobre el pecho hasta que quedo casi oculto por los largos cabellos, agregó revelándose en la voz timidez y desagrado.
-Dile que quien quiere hablarle es Rüyen-We, la Flor del Aire.


El indio se volvió rápidamente, y la miró sorprendido, e inclinándose penetró en la tienda. Al momento salió y con voz respetuosa dijo:


-Noble hija de Cuchicalquen, el Gran Jefe os espera, y sostenía levantada en alto, la pesada cortina de pieles de zorro que ocultaba la entrada.


Rüyen-We permaneció inmóvil junto al toldo. Titubeaba. El corazón latíale con violencia. Tenía la impresión de que al andar iba a desplomarse. Un sudor frío humedecía su frente. Zumbábale los oídos...
¡Oh, la gran angustia que oprimía su espíritu y martirizaba su cuerpo!
El indio con la cortina del toldo levantada en alto esperaba... dentro de la tienda el Gran Jefe... ¡esperaba también!...
Rüyen-We dirigió una larga mirada en derredor y vio a la tribu toda moverse en las tolderías, ocupada aún, en los preparativos de las fiestas. Ya el rocío de la tarde volvía húmedo el aire, y el crepúsculo no tardaría en envolver la tierra en sus largos velos violáceos...


Al día siguiente a aquella hora los sacerdotes ya habrían entregado al Gran Jefe por esposa a Rüyen-We, en tanto que Curimangüe ajeno a todo cuanto ocurría en la tribu, se hallaría exponiendo su vida para servir al cacique. Y de cuando en cuando levantaría la mirada hacia las estrellas, que pálidas irían encendiéndose, y como una plegaria murmuraría el nombre de la mujer que amaba...


Rüyen-We volvió a sentirse de nuevo la Rüyen-We de las luchas y las victorias, y recobrando su porte altivo, su dignidad de soberana, con gran calma penetró resuelta y serena en el toldo del Gran Jefe.


Por dentro la tienda del cacique se hallaba cubierta de pieles de zorro y de gatos monteses, de largas cabelleras arrancadas al enemigo vencido, de cráneos de venado, de retorcidas astas de las cuales pendían las hachas pesadas, la doble boleadora de dura piedra, el arco fuerte, los carcajs de aguzadas flechas y los largos lazos enroscados como sierpes. Tendida en tierra descansaba la temible lanza de colihue, que tantas veces en las batallas, arrojada por el nervudo brazo del bravo Puellucatel, rápida y cimbreante atravesó el aire y fue a clavar su fina hoja en el corazón mismo del enemigo, que ya creía tener la victoria ganada.


Una antorcha formada por un grueso tronco ardiente proyectaba su humeante y rojiza claridad sobre el rostro abigarrado del Gran Jefe, que sentado junto a ella saboreaba la dulce bebida que contenía una gruesa calabaza. Puellucatel, al ver a Rüyen-We se puso de pie e inclinóse profundamente. La joven advirtió que el cuerpo formidable del coloso se extremecía en un sacudimiento extraño, haciendo chocar, entre sí, con un tintineo desagradable los collares de dientes de animales que pendían de su ancha garganta.


Cualquier otra mujer a no ser Rüyen-We, se hubiera sentido halagada en su orgullo, al ver al primer hombre de la tribu, a quien nadie había visto ni siquiera inclinar la cabeza, doblarse ante ella como el más miserable de los siervos.


Cualquiera otra mujer, a no ser Rüyen-We hubiera sentido llenársele el corazón de contento, al ver al temible coloso, ante quien todos temblaban, temblar de emoción al verla, como un niño pequeño o como la más tímida joven del pueblo...
¡Cualquier otra mujer, a no ser Rüyen-We, en quien fuerzas, vanidades y ambiciones; en quien todo en ella y toda ella, se había vuelto amor!
-Gran Jefe- dijo con voz entera la india- Sé que habéis pedido al Consejo de Ancianos por esposa a la hija de Cuchicalquen, el guerrero. Señor, os doy las gracias y me asombra que se hayan dignado descender hasta mí vuestras reales miradas, pero os pido noble Jefe que otorguéis a alguno otra joven tan grande favor y a mí me dejéis dueña de mi libertad y de mi vida.


Las pupilas del cacique se dilataban de estupor; no quería creer lo que sus oídos escuchaban; aquella era la primera vez que uno de sus súbditos se oponía a sus deseos. Y ese alguien era una mujer, casi una niña, la más frágil, la más pequeña, la más delicada del pueblo. La Flor del Aire de la Tribu. ¡Era Rüyen-We! ¡ Rüyen-We que aun parecía más inconsistente, más etérea allí junto a él, junto a su talla de coloso... ¿Y ella era la que despreciaba ser la primera mujer de la tribu? Y era aquella Flor del Aire, la que se atrevía venir a desafiarlo a su propio toldo, a él, ¡a Puellucatel el Jefe!...
Con la voz ronca y amarga el cacique murmuró:


-¿No sabes que cuando el Jefe de los Aucas “habla” todo se inclina y calla?
-Lo sé noble señor y de vos espero disculpa, pues me he atrevido a venir a hablaros en la creencia de que no le es vedado, al que es fuerte y duro cual la piedra en las batallas, poseer también un corazón sensible y fino como la arena que se moldea bajo nuestras pisadas.


Puellucatel la oía hablar como en un sueño maravilloso; sentía que como una caricia lo envolvía aquella voz musical y cálida; sentía que lo dominaba su frescura y su encanto.


Iba Puellucatel a decirle que porque fue sensible era que la amaba, ¡demasiado quizá!...iba a decirle que porque era sensible, más sensible que la arena fina y tan sensible como el enamorado girasol que no se resiste al contacto de la luz del astro del día y se abandona a admirarlo y su vida es para la vida del Dios de Fuego; así también él no se resistía a su encanto y la amaba intensamente y, como la flor de los campos era capaz de olvidarlo todo sólo por contemplarla...


Pero Puellucatel nada dijo; la miró largamente y callaba.


Rüyen-We creyó adivinar en las pupilas del Gran Jefe una vislumbre de dulzura y atrevióse a proseguir.
-Señor –dijo- espero que mañana al ponerse el sol, la mujer que toméis por esposa, sea otra, que yo...
Puellucatel seguía contemplándola... se abandonaba al placer de sentirse vencido, dominado por la suave claridad de aquellas pupilas que se fijaban en él interrogantes, por la gracia delicada de aquella figura que se alzaba temerosa, frágil, pareciendo toda ella una intensa expresión de súplica...


El Gran Jefe callaba; temía hablar. Temía que sus palabras entristeciesen, desvanecieran aquella visión diáfana; quería que aun permaneciera junto a él tal cual estaba...


De pronto por las pupilas extáticas del cacique, como un relámpago, pasó un pensamiento malo que traía duda y oscuridad.


Vio la figura de Curimangüe y una voz perversa, sarcástica le susurró al oído: “Es por él que te desprecia a ti ”.
La mirada sombría y la voz dura del Jefe dijo:
-Tú quieres casarte con Curimangüe ¿tú le amas?
Rüyen-We vacilaba en contestar; la prudencia le aconsejó negarse; pero la joven india sintió que la envolvían, que la embriagaban, efluvios de dicha y de orgullo. Y su amor audaz triunfante dijo: -Sí.

El rostro del cacique se contrajo en una mueca de despecho y de odio y rudamente exclamó:
He dicho que serás mi esposa, y lo serás.


Rüyen-We palideció, pero sin intimidarse replicó desafiante:


-Si el corazón de Puellucatel el Jefe es sordo al dolor de una mujer, iré a llamar a corazones más nobles. Iré a implorar a los sacerdotes, en nombre de las divinidades que adoran: al Consejo de Ancianos, invocando sus recuerdos; a los fuertes guerreros, renovando el dolor el dolor que sintieron cuando el enemigo junto a ellos, a sus hermanos arrancó la ensangrentada cabellera. Imploraré a los jóvenes, a aquellos que fueren felices en sus amores, y despertaré la compasión de las madres recordándoles la gran dulzura que sienten al envolver al pequeño infante, que en sus brazos mecen, en una larga mirada llena de ternura misteriosa... gimiendo mi aflicción iré a través de las tolderías, y mis llantos, mis súplicas y mis quejas serán oídas por la tribu entera. Y sé, que van a estar conmigo, que van a comprenderme en mi sufrimiento todos los corazones Aucas.


-Es posible Rüyen-We que ignores, que aunque tus lágrimas llegasen a ablandar todos los corazones, bastará sólo una mirada del Puellucatel para que queden convertidos en piedras.


-Pero antes que ninguno, sabedlo Jefe, habéis endurecido al de Rüyen-We.


-Olvidas mujer, que Puellucatel el cacique puede a él, en cambio, volverlo más blando que el musgo, sometiéndote a ti al palo de la tortura, a suplicios horribles.


-No temáis señor que el corazón de Rüyen-We, la hija de Cuchicalquen el guerrero se ablande y claudique ante el dolor; si es de vuestro gusto, con lentos y crueles suplicios podréis quitarle la vida, pero tened la certeza Jefe, que mientras tanto, vas a oír a Rüyen-We entonar su canción de muerte con voz alegre y entera.


El cacique no dudaba de que la joven hablase en verdad. Sabía que era de aquellas, que cantan en el tormento y con la frente alta ven venir la muerte y se abrazan a ella sonrientes. Puellucatel la admiró aun más al verla erguirse ante él, resuelta e intrépida, fulgurantes de fiereza las midas, en firme actitud de desafío; semejaba la personificación de la tenacidad en la lucha.


De nuevo Puellucatel la contemplaba en silencio y sentía que su amor tomaba la fuerza avasallante de un torrente de espumosas aguas mugidoras...


El Gran jefe se hallaba indeciso, turbado; una frase de Rüyen-We había herido su amor propio:
“La tribu toda oirá mis llantos, mis súplicas y mis quejas ” dijo en su ardiente arrebato la india, y como dardos punzantes en el pecho del Gran jefe quedaron clavadas sus palabras.


Puellucatel sabía que aunque el pueblo escuchara las súplicas de Rüyen-We, nadie iba a atreverse a objetar una palabra y los sacerdotes se la entregarían por esposa; y la india rebelde, lo quisiera o no, quedaría prisionera en la tienda del Gran Jefe. Pero si su amor no iba a sufrir; en cambio, su fiero orgullo iba a ser humillado por el capricho de una mujer...


Puellucatel buscaba el medio de que Rüyen-We no volviese a pronunciar las palabras que acababa de decir; quería impedir que el pueblo oyera sus protestas; quería sellar aquellos labios, quería que la india por lo menos en apariencia pareciera que se sentía digna de tan regio desposorio como lo hubieran sentido todas las mujeres de la tribu a no ser, Rüyen-We...

El cacique meditaba.
De pronto una sonrisa misteriosa afinó los labios del Puellucatel y era sombría la luz que brillaba en sus pupilas.


-El Gran Jefe ha sido ofendido por la hija de Cuchicalquen; y es preciso que levantéis la ofensa, o de lo contrario - y clavando en Rüyen-We la mirada profunda - vuestro padre morirá en el tormento, por ser culpable de no haberos enseñado, que al Gran Jefe se le debe acatamiento.


La joven india, pálida de angustia, dirigió al cacique una mirada de intensa súplica; iba Rüyen-We a arrojarse a sus pies, a pedir clemencia, a implorar misericordia... pero pensó, que todo sería inútil, que no era esa las palabras que esperaba el cacique, eran otras...


El cacique la miraba y había en su mirada, una sonrisa sarcástica, una sonrisa de triunfo.


Rüyen-We sintió la rebelión, la protesta vibrar en todas las fibras de su ser. Y cuando el cacique con voz pausada preguntó:


-¿Serás mi esposa por tu propia voluntad?
-¡No! Fue la palabra dura, cortante, que exhaló la garganta cerrada de Rüyen-We.
-Esta bien, tú lo has querido.


Dijo el cacique recalcando las palabras. Y lentamente se dirigió a la entrada del toldo y levantando las cortinas de pieles en voz alta dijo:


-Ve y busca a Cuchicalquen el guerrero y dile que el Gran Jefe en su tienda lo necesita.


Una oleada de sangre quemó las mejillas de Rüyen-We ¿cómo iba a comprar su dicha a un precio tan alto? ¿Acaso tenía ella el derecho de llevar el goce a su vida, llenando la vida de su padre, cuando menos de sacrificio y de sangre?... ¡Esperad! Gritó Rüyen-We fuera de sí.


El Gran Jefe dejó caer la cortina de pieles, volvióse a Rüyen-We y esperó... La india se dirigió entonces al cacique como quien se dirige al más miserable de los siervos; y con voz vibrante y dignidad de soberana, dijo: -seré la esposa de Puellucatel el Jefe.


El cacique la vio ante él alzarse pálida, temblorosa, demudada y sin embargo tenía altiva la cabeza y la actitud desafiante; y había tal desprecio en el gesto de toda su persona, tal odio, tal reproche en su mirada que el Gran Jefe sin poder soportarla, involuntariamente bajó los párpados.

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La tienda real estaba silenciosa y solitaria.


De rato en rato se oía el chisporroteo de la antorcha que agitaba su cabeza empenachada de inquietas llamas, proyectando reflejos rojizos, fantásticos, sobre las pieles quietas, las muertas cabelleras y las armas que en las sombras velaban.


De pronto se avivó la llama abriéndose en amplio abanico luminoso y la tienda toda, pareció agrandarse y extremecerse en un resurgimiento triunfal...


Se diría, que algo así como una palpitación de vida flotaba en la atmósfera pesada; y en las sombras que se arrastraban de nuevo se adivinaba como el imperceptible murmullo de palabras que se extinguen, como la vibración apagada del eco que agoniza a la distancia.


¡Escuchad! que es de Puellucatel la ira y la pasión; y de Rüyen-We, el amor y la congoja, que aun batallan en las sombras de la tienda real abandonada.


Y mientras tanto, el Gran jefe y la india se alejan silenciosos en la penumbra misteriosa de un crepúsculo que se retarda.


El cacique había querido acompañar a Rüyen-We hasta su toldo; temía dejarla sola. De ella todo lo temía.
Rüyen-We caminaba como en un sueño vago; sentía la voluntad quebrada. Puellucatel tenía fijas en ella las pupilas, la vigilaba.


Se oyó el hondo suspiro que Rüyen-We no supo reprimir...
El tintineo lúgubre de los collares del cacique que se entrechocaron...


El grito de un pájaro que pasó a flor de tierra desapareciendo en el pajonal; se sintió en un nido cercano, rumor de picos y de alas...


En el valle inmenso, vagaban las sombras y las cimas de las sierras guardaban reflejos de luz...
La luna, en la oscura lejanía, fue abriéndose como una inmensa flor transparente en su blancura luminosa...


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Rüyen-We pasó en vela aquella su última noche. Dominada por un gran cansancio, por un gran abatimiento, no luchó contra ellos, se abandonó, se entregó a tanta angustia.


La joven india se decía que había prometido ser la novia del Gran Jefe; que había renunciado a Curimangüe; que había herido su amor…


Pero, cuando la claridad incierta del alba comenzó a filtrarse dentro del toldo, sintió, que recorría su cuerpo como un estremecimiento de nueva vida y alzándose, en una brusca reacción dura y enérgica se dijo: - ¿ y si huyera?.


Aquella idea la llenó de temor y sobresaltos. ¿Acaso amparada por la media luz pudiese alejarse de las tolderías e ir a encontrar a Curimangüe en el llano? – Sin duda alguna el Gran Jefe iba a perseguirla; iba a enviar gente en todas direcciones, pero quizá ella pudiese burlas la sagacidad del cacique andando de noche y ocultándose de día, en alguna cueva o en los altos pajonales; y bien podría ser que así llegara a evitar sus encuentros. Estos pensamientos hacían latir violentamente el corazón de Rüyen-We. La india burlaría al cacique, la palabra dada aquella tarde no tenía ningún valor habiendo sido arrancada a la fuerza por medio de una amenaza brutal.


“Huir” y en aquel pensamiento se concentraron todas las energías de su cuerpo, toda la intensidad de su joven vida.


Suavemente y con gran cuidado, levantó la estera del toldo y Rüyen-We vio allí a un centenar de pasos frente a la tienda, a dos indios que sentados en tierra silenciosamente conversaban.


Huir era imposible; el Puellucatel la vigilaba… Nuevamente Rüyen-We se sintió desfallecer y con avidez de sediento, con ansiedad de prisionera, fijó la mirada, en las atrayentes lejanías brumosas, que parecían velar realidades.


Rüyen-We permaneció largo rato, inmóvil con el rostro asomado por el hueco de la estera recogida.
Contemplaba aquel pálido amanecer, deseaba que la penetrase aquella gran serenidad, aquel gran silencio que reinaba en la dormida toldería.


Poco a poco los primeros resplandores de la aurora fueron coloreando los largos velos de bruma, que resbalaban de las sierras y cual fresca visión de suaves matices, en lentas danzas descendían al valle.


Rüyen-We volvió el rostro hacia la oscuridad del interior del toldo; y se dijo, que tenía que permanecer allí, junto al dolor, ¡junto a la lucha!...


Pero, sin embargo en los más hondo, en lo más secreto del espíritu de la joven india, se ocultaban palpitantes dos grandes esperanzas; la una maravillosa como un sueño feliz; y era aquella, que Rüyen-We esperaba que a salvarla legase a tiempo Curimangüe. Si, la india Rüyen-We esperaba, creía, tenía fe, una gran fe, en Curimangüe…


-¿y por que no había de llegar?- ¿no había acaso, ella enviado secretamente a Pitra-Walue, en Curimangüe tenía la confianza del amigo y el cariño del hermano al salirle al encuentro a la llanura y decirle que volviera sobre sus pasos, que su Flor del Aire estaba en peligro?...


Pero... y si Curimangüe no llegase, si no tenía razón de ser, la gran esperanza de Rüyen-We, aun a la india la quedaba la otra, la amarga, la terrible esperanza.


Rüyen-We no renunciaría a su Curimangüe, estaba decidida a darse muerte, e ir, a seguir esperándolo, a la región de las sombras.


Querían erigirla soberana de la tribu; pues, bien, la guirnalda de esponsales sería flores funerarias; solo así, muerta el Gran Jefe la tendría como esposa.


El Puellucatel, quiso para sí la fresca Flor del Aire y al tomarla, la flor se marchitó en sus manos. ¿Es que no sabía acaso, que las flores del aire son hijas de la luz tibia y del libre espacio?...


Y en tanto que aquellos pensamientos angustiosos y extraños agitaban a Rüyen-We, lagrimas abundantes corrían por sus mejillas.


Lloraba aquel hermoso idilio que iba a quebrarse. Aquella maravillosa vida de la que esperaron mucho y que no iba a ser. Aquella realidad, que espiritualizaron tanto, hasta volverla delicada filigrana y, que como un sueño iba a desvanecerse, por el malhadado capricho de un hombre, por el tiránico absolutismo de un Jefe, por la indigna sumisión humana.

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El sol semejante a tantos otros días, lenta y soberbiamente había recorrido su amplio trayecto, a través del espacio y próximo se hallaba ya, al término de su viaje.


La tribu durante todo aquel largo día, estuvo ocupada en los preparativos de las fiestas, que iban a celebrarse no lejos de las tolderías en la amplia plataforma abierta en las sierras y, que comenzarían después de realizados los reales desposorios, terminando tan solo, cuando la luna, tres veces las hubiera iluminado.
En la tienda de Cuchicalquen, reinaba gran movimiento y oíase, continuado bullicio de voces.


Rüyen-We había pasado el día inmóvil, el cuerpo abandonado, sellados los labios, la mirada perdida en el espacio.


Debe estar en oración, en un éxtasis de acción de gracias, ofrecidas al Gran Espíritu, se decían las indias que desde temprano, habían invadido la tienda de Cuchicalquen, e iban y venían dentro de ella.


Rüyen-We se hallaba ajena a cuanto la rodeaba; toda ella estaba en Curimangüe, intensa, ardorosamente y expectante, esperaba su regreso. Llegó para Rüyen-We el momento de lucha y dolor sobrehumano.


Las solícitas mujeres alzaron y dejaron en pie el cuerpo de aquella joven india, que parecía encarnar la figura del misterio.


Sus oscuros y largos cabellos fueron perfumados; cubrieron su cuerpo con la túnica tejida de blanca corteza.
Oh la blanca túnica de las desposadas que ella tantas veces soñó vestir, trémula de goce penetrada de unción, estática de amor... Y de las pestañas bajas, de las pestañas que sobre el rostro se tendían pensativa, se desprendieron pesadas las lágrimas…


Ciñeron a su frente la guirnalda tejida con las flores de diáfana blancura del pequeño currumamuel; las flores, que según el sentir de Rüyen-We debían transmitirle la esencia de todos los florecimientos, para que en su hogar fuera cálido el ambiente y perfumara la vida.


-¡Miradla!- Dijo la esposa de un gran guerrero -Mirad cuán bella y delicada esta nuestra Soberana. En verdad Flor del Aire haces honor al nombre, que la tribu te ha dado, nunca como hoy ha sido tan grande la semejanza con tus hermanas, las hijas transparentes del espacio.


Decía verdad la india, Rüyen-We en dos días de angustias había cambiado tanto, que no era ya, más que la sombra de lo que antes había sido.


Se diría que carecía de existencia real, se hubiera creído que era visión incorpórea pronta a desvanecerse de un momento a otro; el óvalo de su rostro parecía haberse afinado, su tez bronceada había adquirido una pálida transparencia y tenía el matiz del agua del lago cuando extiende sobre ella sus rayos de oro, los soles ponientes; y también sus ojos se volvieron más grandes y brillaban deslumbrantes las dilatadas pupilas llenas de infinito y de nostalgia…


El astro del día acababa de hundirse en el abismo de lo ignorado, lejos muy lejos de la tierra; pero, el espacio había quedado de él, impregnado y guardaba esa, su maravillosa claridad tibia y dorada; así también a veces, las almas ya faltas de ideal guardan reflejos, chispazos de glorias pasadas…


Rüyen-We fue llevada por las indias no lejos de las tolderías a la amplia plataforma abierta en las sierras, donde debían realizarse los reales desposorios. Rodeado de sus guerreros, la esperaba allí, el Gran Jefe, en traje de gala, ceñida la frente de ondeantes plumas y cubierto con sus armas de combate.
Las ceremonias comenzaron.


Rüyen-We miraba fija, intensamente un punto lejano; miraba la llanura desierta; miraba los altos pajonales, que la brisa de la tarde al pasar levemente inclinara; y esperaba. ¡Esperaba ver surgir de ellos, un hombre, un Auca, Curimangüe!

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Los reales desposorios se habían realizado. Los sacerdotes, el Consejo de Ancianos, los nobles guerreros habían entregado la hija de Cuchicalquen, Rüyen-We, La Flor del Aire, por esposa. Puellucatel, Gran Jefe de los Aucas, y la tribu toda, en una sola voz había aclamado a la nueva soberana.
La noche cubría de sombras la tierra.


Los indios comenzaron a encender grandes hogueras en torno de las cuales se celebrarían los largos festines, las danzas delirantes, los cantos que harían vibrar los aires.


Los nuevos desposados eran los únicos, que según las costumbres de aquel pueblo no debían asistir a las fiestas que, se realizaban en su honor.


Rüyen-We que hasta entonces había estado ajena a todo cuanto la rodeaba, tuvo como un despertar sobresaltado; miró al cacique y luego dirigió una larga mirada en torno suyo; y comprendió que dentro de unos momentos a más tardar el Puellucatel la tomaría de la mano y entre las aclamaciones de la tribu, la conduciría a ella, a Rüyen-We, a su nueva morada, a la tienda, que desde allí divisaba alzarse destacándose en la quieta toldería, empenachada de plumas y engalanada con pieles e iluminada por la luz de las antorchas, que sostenían dos indios, que de pie ante la entrada, formaban la guardia…


Rüyen-We sintió, que un estremecimiento de terror sacudía su cuerpo y una congoja inmensa se apoderaba de ella.
Tendida las fibras todas de su ser, vibraban de rebelión, de protesta, de odio… La joven india dirigió la mirada en derredor; el pueblo se hallaba en torno a las hogueras; el cacique estaba a unos pasos delante de ella recibiendo el saludo de los Ancianos del Gran Consejo…


¡Huir! Fue el pensamiento de Rüyen-We y sin mas se deslizó furtivamente a espaldas del Gran Jefe y como una sombra, fue arrastrándose a través de las sierras, cuando estuvo lo suficientemente distante para que no se percibiera el rumor de sus pasos comenzó a correr velozmente.


Rüyen-We descendía; descendía a través de las ásperas quebradas, parecía resbalar desprenderse de las sierras; semejaba un ave sumergiéndose en el abismo; parecía una flor arrancada del tallo, que iba cayendo y tocando al azar puntos de apoyo continuaba su vuelo mariposeante…


De pronto un gran aullido hizo vibrar los aires.


Rüyen-We había sido descubierta; el cacique y los indios no tardarían en perseguirla.


La india, sólo cifró su salvación en la llegada de Curimangüe y en su imaginación exaltada tomaron forma de realidad sus deseos. Tuvo la sensación de que Curimangüe estaba allí, a unos pasos, que venía hacia ella a arrancársela al Puellucatel y a la tribu; y Rüyen-We, con toda la intensidad de su ser, con toda la potencia de su voz llamó:


¡Curimangüe! -Y con ímpetu de vértigo, descendía, descendía hacia el valle….
¡Curimangüe! Llamaba Rüyen-We.
¡Curimangüe! Repetían los ecos.
Y los espíritus de la noche murmuraban ¡Curimangüe!...


La naturaleza parecía prestar sus voces a la joven india para llamar con ella al indio amado.
Rüyen-We descendía…


Descendía hacia el valle; sus pies parecían no tocar tierra pues iba tan rápida cuál la flecha voladora, que rasga el espacio; más rápida, que los vientos heraldos de negras tormentas.


¡Curimangüe! Gemía con voz exhausta, que era ya lamento desgarrante.


Y a través de la distancia, los ecos gemían ¡Curimangüe! …


Rüyen-We llegó al valle y se detuvo jadeante; las fuerzas quebradas, la angustia en el alma…


En la altura, una ancha nube sombría, tenía los bordes perfilados en luz; de ella fue surgiendo, deslizándose sereno el astro blanco de las noches hermosas y volcó su claridad sobre el valle.


Un grito de júbilo feroz triunfante vibró en los espacios.


Y Rüyen-We vio destacarse sobre el fondo en sombras de la sierra no lejana la figura gigantesca del Gran Jefe, que se había detenido para orientarse en la persecución y levantaba en alto un leño ardiente; ¡las antorchas nupciales!... Rüyen-We vio al Puellucatel envuelto en los rojizos reflejos de la tea como una visión fantástica, como la encarnación del espíritu de lo vil y de lo malo…


El Gran Jefe vio a Rüyen-We envuelta en la plata de un rayo de luna, alzarse como visión de gracia y de frescura en su túnica blanca y coronada de flores; diríase el espíritu claro de las noches, el genio amable de lo hermoso y de lo bueno…


Rüyen-We cayó de rodillas sobre la húmeda hierba, y levantando los ojos a la altura en tanto que los sollozos estremecían su cuerpo y la angustia desgarraba su alma, imploró en ardiente ruego su protección y su ayuda a la Clara Divinidad de las Sombras.


Y la blanca luna oyó sus súplicas y la luna blanca accedió a sus ruegos: ¿Cómo podía negarse habiendo Curimangüe y Rüyen-We simbolizado en ella sus amores? ¿Cómo no iba acceder ella, que con su luz de plata había iluminado los caminos que escucharon tan bellas promesas, ella, que les había sonreído en las horas jubilosas, en las noches de ensueño?...


En el valle se oyó un solo crujido; y el valle quedó quebrado en dos, y de su oscura entraña comenzó a fluir el agua a raudales… La Clara Divinidad de las Sombras, había escuchado el ferviente ruego de la joven india.

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Puellucatel en carrera fantástica bajaba hacia el valle; de pronto, atónito, se detuvo y se quedó inmóvil, sin gestos ni palabras, poseído de admiración y de pánico.


Dilatada laguna de bordes lejanos se extendía donde antes se extendiera el amplio valle; y sobre aquella líquida superficie, cual visión luminosa, el cuerpo de la joven india resbalaba alejándose sobre las aguas iluminadas por la luz de la luna, que abría ante ella un camino de plata…


Se aleja Rüyen-We de las orillas, se aleja del Puellucatel, va sumergiéndose lenta, muy lenta y suavemente; semejante a un astro que llegara a su ocaso que se va, pero no muere; se va llevándose consigo su luz y su belleza ya, que no le es dado el entregarla.


Entre el Gran Jefe y la india ya han levantado su intraspasable escudo de metal bruñido, celosas las aguas.
Rüyen-We , la joven india, la Flor del Aire, ha descendido a lo hondo y en el misterio del limo descansa, en aquella amplia tumba de móviles aguas…


Junto al pie de la sierra, la figura pétrea del Puellucatel se agiganta al ser herida por la luz de la luna, que riela maravillosa sobre la desierta superficie del gran lago.


Y allá en la altura, las estrellas, en silencio, estremecen sus alas de luz.

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¿Por qué el Puellucatel huye poseído de espanto a través de los altos pajonales? Es que el Puellucatel ha visto resurgir de lo profundo de las aguas, un haz de luz blanca, que deslizándose sobre ella descendió a la orilla y era así cual de una figura de mujer la sombra luminosa y transparente; y un nombre oyó pronunciar y la voz que lo dijo era débil, muy débil voz apenas perceptible, semejante al murmurar de la brisa en la hojarasca.


¡Es Rüyen-We, la joven india, la Flor del Aire, que aún busca a su amor, que aún llama al indio amado, que aún espera a Curimangüe!

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Pasaron los años; los indios levantaron sus tolderías y fueron a abrirlas a la región de las sombras; y en sus valles y en sus sierras, y en sus llanos, quedaron los caballeros extraños, que habían llegado del más allá de los mares y lograron imponerse con el mágico poder de sus armas deslumbrantes; y luego éstas también, sólo fueron evocación de un pasado, cubiertas de orín y de herrumbre en las viejas panoplias, de las quietas casas coloniales.


Sobre el ancho estuario rielaron lunas de lunas…


Y un día los descendientes de los hombres blancos, pero hijos de la tierra de la raza oscura, prorrumpieron en grito de ¡Patria! … Y las carabelas de países lejanos, que los indios habían visto anclar en la nativa playa, de nuevo volvieron hacia Oriente las proas, e hinchado al viento el tendido velamen por siempre, se alejaron de aquella hermosa tierra, tan arduamente conquistada.


Y en lo alto de los fuertes del Plata, flameó el estandarte que fue mensaje y promesa, de libertades americanas.
Y así fueron pasando los años.
Y así fueron corriendo los tiempos.


A las viejas civilizaciones sucedieron nuevas edades. Fueron otras las tradiciones y otras las costumbres. Surgieron nuevas energías, nuevos afanes y otros amores. Y sin embargo aún los pueblos, no han olvidado la vieja y triste leyenda de la Laguna Brava. De la ancha laguna, que murmura guardada por sierras, por aquellas las mismas sierras que el Auca bravo detuvo en un tiempo su vida errante, dejando como huella de su paso como sagrada herencia a las aguas hondas, su nombre, sus vidas, sus misterios y leyendas; y las aguas aceptaron la palpitante ofrenda y celosas y avaras guardaron su secreto; y fieles a su memoria y amantes de su recuerdo, evocan hoy al encresparse en negros torbellinos y rápidas correntadas, la fiereza de carácter, la grandeza innata de una raza, que alimentó de la vida de sí misma, al darse de beber a las tribus indias, que a sus bordes acamparon.


Y, aunque aquellos recios corazones hayan ya cesado de latir; aunque el indio haya muerto hacen años de años, aún sentimos, que el espíritu indómito y noble del Auca, palpita y vive en las aguas de la Laguna Brava. Y si lo dudáis, acercaos a sus orillas en las noches negras, y veréis surgir de la laguna una sombra blanca, que se llega hasta sus bordes y luego anda errante, a través de las sierras solitarias.


Es Rüyen-We, la joven india, la Flor del Aire, que aún busca su amor, que aún llama al indio amado, que aún espera a Curimangüe.