Leyenda de los cisnes de la Brava


En una época, en la que ya han pasado cientos de lunas, vivían a orillas de la laguna, una tribu de indios mansos y laboriosos, de mujeres muy bellas. En sus aguas se bañaban, agradecidos a su Dios Tupac por sus beneficios.


Sucedió que pasado el tiempo, la laguna comenzó a secarse y la sequía azotaba por doquier; los animales se morían, los niños enfermaban... Y; todo era tristeza y desolación. Ya no se oían cánticos ni risas, solo llanto y dolor. El cacique reunió a sus jefes y el hechicero de la tribu pidió autorización para ir a lo alto del Cerro Redondo a implorar por lluvia y agua en la laguna.


Todo el día y la noche y tres más, elevó al cielo sus rogativas hasta que sintió dentro de sí lo que debía hacerse.


Bajó prontamente del cerro convocó al cacique y a su tribu.


Sentados en circulo, escuchó el cacique al hechicero que habló con voz compungida.


-¡Tres doncellas pide el Dios de la laguna, las más bellas y más dulces; en la próxima noche de luna llena les serán obsequiadas arrojándolas al centro (ya barroso) de la laguna.


El cacique meditó y después de un largo silencio, se escuchó su vez aceptando el pedido, sin pensar, ni siquiera imaginarse, que entre las doncellas, más tarde elegidas, estaría sus primogénita hijita de escasos catorce años... .Era la indiecita, la más linda de la tribu, igual que una florcita silvestre, alegre de risa cantarina, con una negra melena, brillante como rayos de luna, detalle grácil y de paso de gacela.


Al saberlo el cacique apretó los puños y mordió su dolor, pero la madre... lanzo un grito desgarrador, lágrimas cubrían sus rostro:


-¡Mi hijita! ¡No! ¡No! ¡Es tan joven, tan pequeña! - ¡Elige a otra, ordeno enojada, tu puedes hacerlo, eres el que manda...! ¡Ella no; no mi pequeña no...!; imploraba arrojándose arrodillada a los pies de su marido. Mientras tanto el sol seguía quemando la tierra, el aire reseco todo lo marchitaba y secaba.
La india seguía suplicando y llorando -¡Ella no...! ¡Otra por ella, elige tú; mira cuantas ahí ...!.
Justo y noble, arrogante, el cacique le responde: -¡Otra madre entonces sufrirá por ti; yo acepté el pedido de la ofrenda...
-¡Sea ella, mi hija, la que ira también al sacrificio...(Y así se alejó cabizbajo ocultando su rabia y su impotencia).
Pronto las tres jóvenes indiecitas, adornadas con atavíos blancos como la pureza de sus almitas, fueron ante la desesperación de sus madres, arrojadas al centro de la laguna en esa noche clara de luna llena que a la distancia parecían tres flores blancas, las recibían en su seno el Dios de la laguna.


Las madres de las indiecitas meciéndose de sus cabellos, gritaban su dolor, rogando les devolvieran a sus pequeñas. Y pasa la noche, durante el nuevo día de la naturaleza se asocia a ese dolor, no se oye ni piar de los pájaros, cesa el viento, todo se paraliza...


De pronto se sacude el firmamento, negros nubarrones oscurecen el sol y un fuerte trueno retumba en las tinieblas y desde las profundidades de la tierra, allá en la laguna el eco del trueno se sigue escuchando, primero un ruido sordo y prolongado, luego potente como si las fauces de la tierra deglutieran los frágiles cuerpecitos inmolados y la laguna se estremece y retumba.


El fondo de la laguna late, brota el agua lenta, arrollante más tarde; se encrespa su superficie, bulle y se agita, recobra su caudal. ¡Brava se torna...! El cielo se une al gemir de las madres y las nubes lloran gotas de lluvia, acompañándolas en sus tres largos días que llevan ya en su orilla suplicando:


-¡Dios...! Devuelve nuestras hijas...Y el agua siguió brotando...
-¡Sólo tu Dios... puedes devolver mi pequeña! Llora la cacique ...;arrodillada con el agua que le llega a la cintura y golpeándola con los puños cerrados.
-¡Mi pequeña, quiero mi hijita! ¡Devuélvemela!.


De pronto escucha la voz de su niña, cree estar soñando, se aprieta con sus manos la cabeza, pero es sus vocecita que la habla: -¡Madre! ¡Madre! ¡No llores más, ya estoy aquí, junto a ti para que no sufras!


La india mira y solo ve tres aves que nadan en círculos, majestuosas, graciosamente a su alrededor : ¡Son tres hermosos cisnes de cuello negro como las cabelleras de las indiecitas, que le rozan con su pico el pecho como para arrancarle la pena.


-¡Dios nos devuelve a ti, contémplanos que así arrullaremos tu dolor mamá!, yo soy tu niña!!!..
Y dicen que desde entonces hay cisnes en la Laguna La Brava de Balcarce.