Leyenda del Cerro El Volcán


En aquellos tiempos, esta comarca era de lo más desolada que se puede imaginar; conocida entonces como las “Tierras del Diablo”. Los campos yermos, sin arboledas, solitarios, lleno de pajonales, con pastos recios como esparto, con abundancia del venenoso Mío-Mío  ,done las pobres florecillas que se atrevían a germinar se veían ahogadas entre la abrupta fronda del que el terreno era tan pródigo. Y en verdad, que motivo había en aquellos tiempos a tal creencia, y tal cual lo dice la leyenda, andaba el diablo por ahí, como por su casa. Pero un buen día, dio en sus correrías con la visión de una joven, de porte gentil a la par que hermosa. Al verla el Diablo, de pronto se quedó suspenso, no sabiendo atinar de tal presencia allí, donde él solo creía imperar; mas luego, dando creces a su acostumbrado desparpajo y atrevimiento, dirigiéndose a la joven le dijo: -¡Cuánto por bueno por aquí!... ¡Oh, hermosa joven!...¿Quién dijera que yo pudiera dar con un ser de tan rara belleza por estos lugares? Dime; ¿es causa de extravío tu presencia por tan desolado páramo? Si es así, ven, que yo te llevaré a otras regiones de más buena estadía. A lo que contestó la joven. -No, no es causa de extravío mi presencia por estos lugares. Ello sólo responde, haber llegado a mí, revelaciones de que, viene avanzando hacia aquí cierto heraldo con la misión de transformar estas regiones, hoy tan yermas y desoladas en campos de fecundidad y en su busca voy. Mas por cierto, qué sorprendida quedo al dar con otro, que aquel que me figuraba.

   

    -¿Quién soy?. ¡Me extraña tu ignorancia, cuando mi fama es de tanta nombradía!... Mas escucha... yo, tengo mi reino. Ves aquellas serranías, que semejan estar buriladas sobre el fondo azul del firmamento? Pues, tras  ellas está mi reino. Ven conmigo, y verás qué grande es él. Allí gozarás de un placer jamás por ti sentido. Aquí, todo es árido, donde ni los arbustos crecen, centro de desolación y melancolía! Sí ¡oh joven! ven... En mis reinos todo es floreciente, donde los prados vergeles, y donde las flores, exhalan eterno perfume sin agotarse. ¡Si vieras cuán modestas se esconden entre la aljofarrada yerbecilla temerosa de ser marchitadas por las miradas del ardiente Febo! ¡Verás allí, como los arroyuelos, bajan lentos y cristalinos, canturriando misteriosas melodías! Envidia de avecillas! Qué celosas se esfuerzan en primar, más y más, con sus más finos gorjeos. Sí, tú allí serás mi reina, donde mis vasallos te rendirán tributo y homenaje. ¿Dudas...? ¡Oh! ¡Ven, ven!... que allí al lado de la umbrosa selva, tendrás tu trono donde las parleras avecillas con su matinal concierto, te anunciarán la venida del nuevo día, y extasiada contemplarás cómo las cumbres besadas por los rayos solares, reflejarán mil variados matices.

-En tanto, en mi seno de la selva, Faunos y Sílfides... 

-¡Basta... basta!...¡Oh! Ser cualquiera que tú seas. ¿Cómo no desdice esa sonrisa sarcástica y melosa palabra que de tus labios brota?. ¿Qué dicen, esos tus ojos de tan misterioso brillo y profundo abismo, de los que parecen surgir chispas de furor y odio? ¿Cómo quieres que a ti entregada y sumisa vaya hacia tus lares? ¡Si bastan tus últimas palabras para saber de tu procedencia!...¡Sílfides y Faunos...! ¿Acaso existen?. ¡Ello basta para ver de tu palabra la falsedad!... ¿Ir contigo?. Vana quimera... No, no, yo sólo anhelo hallar aquel ser, que a estas tierras viene para darles fecundidad, haciendo de los valles, colina, laderas y estribaciones de las serranías de esta comarca, hoy tan estériles fértiles terrenos, bien, para que gran número de ganado apacente en ellos, o bien, para que el arado al surcar la tierra virgen, haga que germine opíparos frutos. Campos fecundos, donde la dorada mies, tras proficua trilla, sea alimento de la humanidad. 

  -Dime, ¡oh tú que tanto anhelas!...¿Quién no se dice que sólo es quimera tu búsqueda de ser para ti tan divino?. ¿Acaso yo no te ofrezco otro tanto más, mucho más, que aquel que llaman Supremo Ser, y se tiene por creador de todo lo existente?. Yo, superior a él puedo... 

    -¡Calla... calla blasfemo!. Tu soberbia me espanta, y basta, para huir de tí... 

    -No, no ha de ser cual tú dices, y mal que te pese conmigo has de venir...

    -¿Y cómo así llevarme forzosa pretendes? ¡Cómo se comprende ser tú un infernal espíritu!!...¡Oh tú, fecundizador ser que en procura vienes, a esta comarca para prestarle fertilidad! ¡Oh, ven, ven!... Sálvame, que anhelosa quiere abrir mi seno, para ser alimento de la humanidad. ¡Oh sí! ¡Ven...! ¡Ven...!

   

   De pronto hacia el Oriente

   Resplandecieron vívidos reflejos,

   Que alejando la niebla, 

   Que el espacio velaba,

   Dio a la estampa a multitud de gente

   A cientas de oriflamas tremolando.

   Y entre los muchos lemas que ostentaban,

   A que éstos figuraban:

   Artes, ciencias, trabajo, agricultura.

   Y un gallardo mancebo adelantado

   Al frente de esa multitud humana,

   En corcel que impaciente

   El duro suelo con el casco araba;

   Con suma gallardía

   Haciendo ondear la enseña que llevaba,

   Expresó la misión por qué venía...

   Y dando una gran voz, que el eco doble,

   Hizo cundir por toda la llanura,

   Dijo: en demanda de la Virgen Pampa,

   De esta región, excelsa soberana

   Vengo. La estirpe humana la reclama,

   Que como esposa del progreso noble,

   A fecunda labor abre su seno.

   Y en las alas de su fama,

   De sus productos se ve el orbe lleno.

   

    Y dice la leyenda, que el espíritu malo, dando un gran vuelo por enfurecido se elevó huyendo del heraldo del progreso; pero no tan elevado la hiciera, que ciego, dio de bruces con el macizo conocido hoy por la sierra de “Las Barrosas” dejando tras de sí, como prueba de su turbación y torpeza, esa muesca que se nota en su cima, así como una feroz dentellada. Yendo luego a esconder su impotencia en los antros de la próxima sierra “Del Volcán”, cuyo cráter se cerró tras de él para no abrirse jamás durante la eternidad de los siglos...