Leyenda Cerro El Paulino


Si cabe belleza alguna entre las jóvenes pertenecientes a las tribus de los Ranqueles, bien podría aplicarse este adjetivo a la hija del cacique Chicalforó, dotada de singular hermosura la que, vista por el cacique Chicorifó, se prendó de ella, por lo que procuró, por medio de una cautiva cristiana al servicio de la joven india, tener relación amorosa con ella. Siendo correspondido convinieron a fin de verse libres de testigos inoportunos, tener citas en días señalados, en el cerro próximo; bajo cuya égida protectora estaba la toldería, residencia de la joven.

Es la hora crepuscular y el profundo y misterioso silencio de las primeras horas de la noche, reina en la comarca. En medio de la indecisa claridad de la hora, se ve cómo avanza la silueta de una persona. Es la silueta de Curromurá, que así es el nombre de la bella hija del cacique Chilcalforó, la que, con mirada cautelosa se dirige hacia la cima del pequeño cerro. Recelosa y tímida se detiene de cuando en cuando; hunde su mirada en el profundo abismo de la noche, escudriñando aquí y allá, pues cree haber sentido extraños ruidos sobre la hojarasca que cubre la escondida senda por donde ella avanza. ¿Será acaso el ruido provocado por un jaguar que camina, o por algún puma que descendiendo de sus guaridas van en busca de su presa?... ¿O es el roce sobre el césped, del inofensivo armadillo?... En tanto la joven india continúa avanzando como impulsada por el secreto misterio de su amor.

El horizonte se ilumina bajo la acción del disco lunar que, elevándose hacia el cenit, tiende su manto de luz. Ha desaparecido la densa oscuridad; sólo dominan las sombras prolongadas de los macizos de la serranía, que surgen fantásticos de las entrañas de la tierra. Se oyó general susurro. Suave se levanta una brisa de perfume saturada por los pastos secos humedecidos por el relente de la noche, tan suave y delicada que los arbustos y los pastizales se estremecen a su paso.

Los seres animados sienten también el soberano influjo de la claridad lunar. Las avecillas, en suaves y rápidos aleteos buscan su más cómodo estar. Ruidos y sonoridades misteriosas; ora el mugido de algún toro cimarrón, ora el relincho de algún potro que resuena en el espacio como un clarín de llamada a sus yeguas dispersas, o el chillido avizor de una lechuza agorera. En los bañados y en las charcas los batracios cantan; en las lagunas las aves acuáticas se mueven pesadamente, más allá el grillo que deja oír su alegre y sonoro concierto.

La joven india ha subido a lo alto del cerro, su mirada busca en la profundidad del llano; está impaciente; quisiera oír el resonar de los cascos de un caballo que se acerca; pero en vano todo es silencio. ¡Cuánto tarda su amado! El temor se apodera de sí; la oprime. Está allá arriba, lejos de su toldería. ¿Huir? ¡No! ¡No es posible!; el sabe que ella aguarda. De pronto una sombra entre las peñas. Una voz dulce exclama: -¡ah! ¿eres tú Chicorifó? ¡Cuánto me ha alarmado tu tardanza! ¡Iba a regresar poseída de miedo y de terror! Dime Chicorifó: -¿por qué te aproximas tan lento y cauteloso?...

-¡Oh, cándida Curromurá, va ello mi amor hacia ti. Debo esquivar todo encuentro y todo lo que pueda producir una alarma y dar la sensación de que algo ocurre por aquí ese grito desigual de los teros ya lo dicen. Luego he dejado mi caballo al pie del cerro, con la cabeza cubierta por mi poncho para que no relinche a fin de evitar todo asomo de denuncia, pues los de tu tribu sospecharían de la presencia de “cristianos” en la proximidad de su toldería.. Pero al fin, amor mío, estoy a vuestro lado. Deshecha todo temor. ¿Acaso es débil y torpe mi brazo para la defensa, o mi arco tan flojo que no permita dirigir la flecha allí donde el ojo lo quiere?

-¡Oh, Chicorifó! ¡Baja tu voz, que alguien podría oírnos!. Una terrible sospecha me asalta: cuando venía hacia este lugar, me parecía oír pisadas cautelosas que me seguían....

-Serán aprensiones infundadas. Ya lo ves todo favorece nuestro amor.

-¡Oh ... no! debo decírtelo. Sospecho que el indio Numancurú, de mi toldería, algo pretende de mí; su mirada lo denuncia. Acaso conoce nuestro querer y me ha seguido a este lugar.

-¿Qué dices? ¡Numancurú enamorado de ti! No lo creo. Nada puede ofrecerte para pretender tu amor. Su lazo jamás pudo retener toro alguno; ni aprisionar con su boleadoras al potro alzado; ni coraje para herir con su lanza al jaguar, ni destreza para aprisionar al ñandú; ni cueros que ofrecer para refuerzo del techo de vuestro toldo y adorno de su piso, ni chilango alguno para protegerte del frío. ¡Oh, no! No puede ser.

-¡Chicorifó! no temas. Te he jurado mi amor y en ello mi vida. Ya lo ves; por ti y por ese amor jurado me expongo a mil peligros viniendo hasta aquí.

-¡Qué buena y cariñosa eres, Curromurá! ¡Ven hacia mí, amor mío, contemplemos desde aquí la grandeza de este hermoso paisaje que la luz de la luna nos brinda! Aquí abajo una alfombra de verdor; allá arriba el cielo tachonado de estrellas. Así, juntos nos amaremos, unidos como el “clavel del aire” que vive entre la dura peña, y en lo alto de estas sierras.

-Yo te amo, Chicorifó y para que no lo dudes prometo el sacrificio de un guanaco que ofreceré a los manes protectores de nuestro amor; a las estrellas que son el espíritu de nuestros antepasados; a la luna, al sol, que son los dioses que....

-¡Calla, Curromurá; calla!. No digas tales cosas. Escucha lo que te diré; allá por el lado de donde sale el sol en la ribera de una extensa laguna tiene asiento mi toldería. En sus inmediaciones, hace tiempo, acamparon unos hombres sin armas, humildes, todo bondad y mansedumbre, de quienes ya te habrá hablado la cautiva cristiana que tienes a tu servicio. Estos hombres nos hablaron de la existencia de un dios, que es todo amor, misericordioso y el creador de todo lo existente, y quien aún siendo Dios, nos llama sus hijos. Desconfiábamos; éramos recelosos; no los comprendíamos, pero la suavidad y dulzura de sus palabras y la bondad de todos sus actos nos fueron conquistando, nos ganaron la voluntad y consiguieron que abandonáramos nuestras prácticas y costumbres por ser tan opuestas a sus enseñanzas, hasta que al fin nos convencieron y lograron nuestro renunciamiento a nuestras creencias y prácticas sanguinarias. Ellos nos dicen: que Dios nos manda a amar los unos a los otros; ser dóciles; ser buenos; prestarnos ayuda; no desear los bienes de los demás, no quitarles nada; no matar; y tantísimas otras bellas cosas que ciertamente ignorábamos. Nos dicen también que este Dios lo es todo; que preside el orden de todas las cosas de todo lo que nuestros ojos ven y de todo lo que sentimos.

Que el sol, la luna y las estrellas que nosotros tanto adoramos no son tales dioses porque ellos con anticipación saben lo que ocurrirá al sol y la luna. Saben que ésta será cubierta por una sombra a tales horas lo mismo que el sol en otras. ¿Recuerdas cuando a poco la tierra quedó totalmente oscurecida?.

-¡Ay, sí; y cuánto terror sentimos!
-Y si ellos saben todo eso, ¿Por qué no creerles?.

-No, amada Curromurá; yo he de conducirte hasta mi tribu; allí te recibiré con los brazos abiertos y allí comprenderás que existe un ser más en armonía con nuestra naturaleza. Sí. Allí tú me igualarás en la creencia que ellos han dado a mi corazón, como a todos los de mi tribu y nos amaremos hasta la muerte.

-Chicorifó; me asombra y me admira todo lo que acabas de decir. Algo, confusamente sabía por la cautiva cristiana, la que también quería que aprendiera esas cosas como dirigidas al Dios de que me hablas.

-Y en lo sucesivo no me llames Chicorifó; llámame Paulino, que es el nombre con el cual se me ha bautizado al incorporarme a la nueva creencia.

Es portentoso todo lo que esos seres saben y enseñan, y cómo enseñan a vivir; a labrar la tierra; a trabajar para producir el sustento sin necesidad de apelar a las prácticas de nuestras tribus sanguinarias y brutales. Enseñan a amar y respetar a una sola mujer para que sea la compañera de nuestra existencia, sólo separable por la muerte. Estas y otras cosas bellas enseñan y revelan estos hombres tan humildes.

-¡Oh, Paulino! ¿Y qué ley es esta que yo no alcanzo a comprender? de ser así, yo me uniré a ti para toda la vida. ¡Tan grande es mi amor!....

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El sol está ya próximo a su ocaso; sus rayos luminosos no continúan ya alumbrando a la desierta Pampa; sólo en lo alto de las cumbres se notan amortiguados sus reflejos de oro y las sombras tienden su manto sobre la cima de los barrancos y los altos macizos van perdiéndose en la oscuridad de la noche. Por otro lado la inmensa llanura de la Pampa en la cual se nota inusitado movimiento de vida. Son las aves que tornan alegres y bulliciosas ante un apacible atardecer.

Ha oscurecido ya; favorecido por las sombras de la noche se ve al indio Numancurú que abandona la toldería del Cacique Chicolforó. Cree oír ruidos; atisba; se tranquiliza luego y cautelosamente emprende de nuevo su camino; apresura el paso sin duda con el deliberado propósito de ganar la altura antes de que alguna otra persona lo hiciera. Llega. Explora. Está solo allí. Favorecido por la piedras se guarece para poder ver y oír sin ser visto.

Se oyen rumores de gente que se aproxima trepando la cuesta del cerro por el lado opuesto de la toldería del cacique Chicolforó. Numancurú está allí, se agazapa entre las breñas en el preciso instante en el que llega Paulino acompañado de un grupo. Son algunos hombres con armas usuales entre los indios; un Padre Misionero y una india ya entrada en años.

-¡Padre! -dice Paulino- hemos llegado al término de nuestro viaje. Voy a distribuir convenientemente los hombres para mayor seguridad de todos. Tú, Vivoratá guardia, sea tu lanza y arco seguridad para este nuestro Padre Misionero hasta que yo regrese.

Se aleja. Va al encuentro de Curromurá que impaciente espera su llegada en el lugar convenido y habitual.

-¡Al fin! –dice Paulino- ha llegado el momento de realizar nuestra unión eterna. Allá arriba, en el cerro nos espera el Ministro de este Dios del que te he hablado. No temas, mi gente está allí apostada.

Curromurá está triste. Su semblante denuncia la pena que la embarga, guarda un extraño mutismo que sorprende a Paulino. Este la interroga:

-¿Por qué sin razón callada? -exclama- ¿Qué pena te embarga? ¿Estás acaso arrepentida de unirte a mí? Los de mi tribu te recibirán como a la esposa de un cacique.

-¡Ah, Paulino! no es que tema unirme a ti, ni estoy por ello arrepentida. Es que un vago temor se ha apoderado de mí, y un terrible presentimiento me acongoja y oprime mi corazón! Es que el indio Numancurú ha encontrado el medio de hablarme; me ha confesado su amor, su pasión. Yo he rechazado indignada su pretensión, pero el ha insistido violentamente y me dijo con voz entrecortada por la ira y el despecho:
-Curromurá: todo lo sé....he de vengarme!.

- Pero él es un cobarde y no osará ponerse ante mí.

-Sí, lo sé y lo comprendo, pero temo. Y además quiero decirte que mi padre quiere darme como mujer al cacique Tandilforó, que posee muchas lanzas –así me lo expresó- y que conviene su alianza para resistir a esos que se llaman cristianos y hasta arrojarlos al mar si ello es posible, pues que vienen apoderándose de nuestras tierras.

Ya lo ves; tal es el motivo de mi congoja y mi dolor.

-Calma tu pena, buena Currumurá, que ha llegado el momento de vernos libres de cuidados y de peligros pues dentro de breves instantes serás mi única mujer y me seguirás hasta mi toldería, donde rodeada de los míos, podrás vivir feliz al amparo de mi afecto.

Ya en lo alto del cerro y al pie de una vertiente el Padre misionero realiza la sagrada ceremonia del bautismo en presencia de la gente que acompaña a Paulino.

-Curromurá -dice a la joven india- además de vuestro nombre llevarás este otro: el de Isabel, en memoria, honra y gloria de la reina que tanto procuró el bien de los de tu raza. Yo te bautizo por poder y te bendigo.

Luego continúa: -¿Creen, hijos míos en Dios, creador del cielo y de la tierra y en Jesucristo, que se hizo hombre para la remisión de nuestras culpas?
-¡Padre!: yo, Paulino Chicorifó, firmemente creo!...
-¿Y tú, Isabel?
-Yo también creo en ese Dios de bondad!
-En nombre y poder de Dios los voy a bendecir para que sea santa y legítima vuestra unión: Amaos el uno al otro; ayúdense en la vida. Sean fieles. Tú Paulino, mírate en los ojos de tu mujer. Tú Isabel, mira en tu marido al único hombre. Están casados y los bendigo
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¡Oh, ingrata sorpresa!... Cual la rapidez de un tigre el indio Numancurú, dando un gran salto, ágil y diestro, cae sobre Paulino con impetuosa y terrible saña... -¡Tuya no será! –dice- y lo arroja al abismo.

Numancurú intentó huir al amparo de la confusión producida, pero no lejos fue alcanzado por una de las flechas arrojadas por los hombres apostados allí por el desdichado Paulino.

El Misionero apostrofa: ¡Caín!, en tanto que la débil Curromurá dando un grito de angustia, exclama: ¡PAULINO! ¡PAULINO! y el eco de su voz fue resonando de una a otra sierra: ¡PAULINO! ¡PAULINO!

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Cuentan los habitantes del lugar que en ciertas noches, cuando todo es misterio, recogimiento y soledad, suele oírse en lo alto del cerro, una angustiosa voz de mujer que implora: ¡PAULINO! ¡PAULINO!